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EL MADRID, FINALISTA DE LA CHAMPIONS TRAS SOBREVIVIR EN EL CALDERÓN

Isco celebra el gol del descuento en el Vicente Calderón. (Foto: EFE)

El tremendo chaparrón que descargó sobre el estadio la noche madrileña dibujará una estampa eterna en el último partido europeo del Calderón, protagonizada por la alegría del Madrid, camino, merecidamente, de su decimoquinta final de Copa de Europa, y protagonizada también por el orgullo y la vergüenza torera del Atlético, eliminado por un equipo superior al que, sin embargo, hizo probar el miedo en un arranque brutal, conmovedor.

España/Agencias

Mientras el partido fue víscera pura, mientras el Atlético jugó como sólo se juega el fútbol que sale de las entrañas, el Real Madrid pasó las de Caín. Irreconocibles los blancos, esta vez de negro, sepultados por una avalancha brutal, atemorizados porque enfrente tenían un ejército con los ojos fuera de las órbitas, ciego de ira y de orgullo. En el primer salto Torres se lleva por delante a Ramos. Amarilla para Danilo. Paradón de Keylor a Koke. Primer córner. Carrasco que pide penalti. Paradón tremendo de Oblak. Segundo córner. Tercer córner. Gol de Saúl. Penalti a Torres. Gol de Griezmann. Sin resuello. Sin aire. Sin voz. En su última despedida del escenario internacional, había tal excitación que el Vicente Calderón, viejo, ajado, maltrecho, ardía, sin embargo, a pleno fuego.

Temblaba, más que arder, como lo hacía el Coliseo romano ante la muerte del gladiador, moribundo el Madrid en ese momento. A punto de quebrar la estructura, paró el golpe el equipo de Zidane, asustado, pequeño, encogido frente al Atlético, consciente quizá de que su calidad terminaría sacándole del apuro. Paró el golpe pero nadie se atrevió descolgarse, todo fue muy académico, balón al pie, nada de aventuras, no estaba la noche para ello. En realidad fueron los dos equipos los que aceptaron bajarle los decibelios al partido, conscientes los rojiblancos de que ese ritmo tampoco podrían soportarlo mucho más allá de los 50 o 60 minutos. Siempre le quedará la duda a los de Simeone de qué hubiese pasado de haber seguido con el acelerador a fondo. Algo quimérico pero quizá asequible en una noche tan especial, tan extraña, tan bonita.

A todo esto seguían cayendo las tarjetas. El Atlético apretó los dientes en cada entrada y llevó al límite las decisiones del árbitro, superado por unos y otros en las protestas. Godín atropelló de un modo horrible a Cristiano y vio la tarjeta al mismo tiempo que la protesta de Ramos, hubo entradas feas de un lado y de otro y el partido se embruteció porque el Atlético propuso y el Madrid no se arrugó. En esas trifulcas estaba la cosa cuando un saque de banda encontró una pésima ayuda de Godín a Savic, al que Benzema hizo un nudo sobre la línea de fondo. El francés, sublime, bailó con la pelota, la puso atrás, el disparo de Kroos topó con un paradón descomunal de Oblak, el segundo de la noche, y el rechace le cayó a Isco, que la empujó. Era el silenciador para el ruido. El sedante para el dolorido. La piruleta para el bebé insomne. La muerte de la eliminatoria.

Porque, tras el descanso, el partido fue el que se intuía. El Atlético se quedó sin fuerzas, acaso consciente de que la bala que tenía, la única bala que tenía tras el desastre de la ida, ya la había gastado. El Madrid, al que no se le había pasado el susto ni con el gol del malagueño, comenzó a tener más la pelota, pero apenas Benzema tenía la fantasía y el hambre suficientes para herir de nuevo a Oblak. A punto estuvo de conseguirlo para terminar de reivindicar que, en noches así, pocos delanteros con esa sangre fría y esa calidad extrema para poner a la pelota al frente de los protagonismos.

El caso es que el Atlético tuvo hasta dos oportunidades de meterse en el partido. Primero Carrasco le ganó la partida a Danilo, pero su disparo lo escupió Navas, que se rehízo como un gato para detener el cabezazo en carrera de Gameiro. Esa escena, más otra ocasión que el francés no fue capaz de empujar casi en la línea de gol, dejan al descubierto que un equipo que quiere ganar la Copa de Europa necesita un delantero centro de primer nivel, uno de esos tipos que marcan 30 o más goles por temporada. Si el Atlético hubiese tenido uno de ellos, si estos años, tras Diego Costa, el Atlético hubiese tenido uno de esos… Pero no lo tiene.

Sí en cambio el Madrid, un equipo maduro. Regula sus esfuerzos a lo largo del año, pero rara vez falla en un día grande. Y cuando falla, como esta vez en el arranque, vive plácido porque sabe de su enorme calidad, incomparable con ninguna otra plantilla de Europa. El finalista, justo y merecido, pasó el susto de rigor y peleará por la duodécima porque tiene más talento.

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